domingo, 16 de marzo de 2014

"Cero críticas"

*Isaac Villamizar

Desconozco las verdaderas razones por las cuales Fernando del Rincón no se detuvo lo suficiente en el punto de concentración de la Av Carabobo. Lo cierto es que luego de estar en el sitio exacto donde falleció Daniel Tinoco, en la carrera 17, pasó rasante por donde estaba congregada una multitudinaria concentración, y luego de breves instantes se fue al hotel a realizar su programa. Allí no apareció una sola imagen de aquella masiva reunión. Esto sería lo de menos, tomando en cuenta que Fernando, a pesar de que el gobierno, que mide la libertad de expresión por tiempo, le haya dado un día luego del reportaje para abandonar el país, tal como él mismo lo señaló, mostró en una sola hora toda la lucha digna y justa que estudiantes  y sociedad civil tachirense están realizando desde sus trincheras, en procura de la libertad, de la democracia y de la atención a sus necesidades más elementales.

Lo que describo a continuación es porque lo presencié. Lo vi con mis propios ojos, en parangón a lo señalado por el famoso periodista y lo escuché con mis propios oídos. Nadie me lo contó. La retirada inmediata de Fernando de la Av Carabobo, provocó en los estudiantes allí concentrados una reclamación airada al público sobre su comportamiento poco adecuado. Indicaron que el reportero se retiró por el desorden, que allí no había una fiesta sino un duelo,  que ellos no sienten una solidaridad contundente de la población, cuando sólo ellos son los que pasan hambre, frío y riesgos en la madrugada, y que, en definitiva, habían perdido una oportunidad para que desde tan emblemático lugar se mostrara a la televisión lo que realmente estaba ocurriendo.

Algunas personas piensan que estas cosas no se deben decir. Que en estos aspectos debe  haber “cero críticas”. Que hablar sobre esto sería hacer “crítica destructiva” y que estos señalamientos contribuyen a apagar la llama encendida de la protesta. Yo pienso lo contrario. La llama de la libertad y de la reivindicación por una mejor calidad de vida sigue encendida. Tal vez no con la contundente llamarada, pero allí está. La libertad de expresión incluye la libertad de pensamiento, la libertad de ideas, la libertad de opinión, la libertad de crítica, la libertad de disidencia. Y la libertad de información incluye la libertad de mostrar la verdad, desde todos sus ángulos, con sus componentes positivos y negativos. Al fin la verdad no se puede distorsionar. Pero este régimen castro comunista venezolano le huye a esas libertades. Le da piquiña la crítica. No acepta la disidencia. Censura la información fidedigna, al restringir las divisas para los medios impresos, al abrir procedimientos amañados a los medios radioeléctricos que no pliegan su línea editorial a los intereses oficiales, al ordenar a las operadoras el bloqueo de internet y de redes sociales, que son de las escasas ventanas al mundo que aún nos quedan. Muchos de los presos políticos están muriéndose en un calabozo porque ciertamente quisieron hacer disidencia, ejerciendo su libertad de pensamiento, de crítica. Aparte de las exigencias sociales, económicas y políticas de los estudiantes y la población, a las cuales hasta ahora este mal gobierno hace oídos sordos, se está luchando por el respeto a los derechos fundamentales, entre ellos la libertad de crítica y de información veraz. Precisamente como este gobierno tiene cercenada la información, ese programa de Fernando fue el destape de una olla de presión, para que el mundo conociera que los tachirenses tenemos dignidad y que no estamos dispuestos a sucumbir ante las garras comunistas.

Libertad, democracia y crítica son elementos entretejidos. Ante un régimen de corte totalitario que pretende imponer un pensamiento único y convertir la verdad en su mentira, lo que debemos cultivar, en exceso, es la crítica. Para mostrar todo los puntos de vista, y para conquistar, no sólo en el texto constitucional, sino en la práctica, el pluralismo. La educación universitaria tiene como fin esencial formar a los estudiantes en un pensamiento crítico. Lo contrario sería negar su rebeldía natural.                                                                                 *Universitario, abogado, columnista y locutor.
                                                                                                                                                              isaacvil@yahoo.com

domingo, 2 de marzo de 2014

El engaño del comunismo

Isaac Villamizar

“Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo”. Así comenzaban  Karl Marx y Friedrich Engels su “Manifiesto comunista” de 1848, un poderoso movimiento político que tomó auge a finales de del siglo XIX y comienzos del XX.  En el entorno de estos autores, el comunismo era un movimiento marginal asociado a unas cuantas revueltas fracasadas y algunas obras difíciles y crípticas de la filosofía alemana. Sin embargo, un siglo después, dominaba medio planeta.  Los comunistas aseguraban que el capitalismo creaba mucha riqueza, pero la clase media, llamada burguesía, quería mantener su posición de poder en la sociedad en lugar de compartir dicha riqueza con los trabajadores, llamados el proletariado.

¿Cuál era la solución propuesta por Marx y Engels? Su doctrina básica se sustentaba en la supresión total de la propiedad privada de los medios de producción para llegar a una sociedad sin clases. Para el comunismo, la auténtica democracia consiste en que el pueblo gobierne realmente también sobre el control de esos medios de producción. De allí que muchos países comunistas (que no eran democráticos en el sentido contemporáneo del término) se llamasen a sí mismos “democracias populares”. Para Marx y Engels, como la burguesía jamás cedería su poder de forma voluntaria, era necesario realizar una revolución violenta, para instaurar lo que denominaban “la dictadura del proletariado.” Los comunistas no sólo mostraban su hostilidad hacia el capitalismo, sino también hacia el imperialismo y la religión, a la que Marx calificaba como “opio para el pueblo”

Es importante adentrarse en las características de esta doctrina, en sus argumentos falaces y en las causas de su total fracaso. Así los venezolanos podemos comprender aún más el por qué de esta lucha, para no dejarnos imponer semejante barbaridad ideológica. Hay una gran diferencia entre lo que el comunismo predica y lo que hace cuando llega al poder. La diferencia es tan enorme que uno puede pensar que nunca salvarán la brecha entre la teoría y la práctica.  Cuando Marx y Engels trataron de impulsar la revolución del proletariado, o cuando Lenin posteriormente lideró una rebelión real, el ideal por el que luchaban parecía noble a sus seguidores. El proletariado eran los desposeídos de la historia. Habían hecho todo o casi todo el trabajo en la sociedad y habían recibido muy poco de sus beneficios. El comunismo partía de una afirmación perfectamente razonable: vosotros sois la gran mayoría de la sociedad. A partir de ahora controlaréis el poder económico del Estado y por tanto recibiréis los beneficios económicos que genera.  Durante un tiempo poseeréis incluso un poder absoluto, tiránico, pero ese poder será utilizado en realidad en beneficio de todos. Al final, esperamos, el Estado se marchitará  y todos gobernaréis, en una especie de utopía, en beneficio de todos. Y este paraíso durará para siempre.

Sin embargo, ¿cómo funcionó en la práctica el comunismo? Stalin lo dejó evidente en Rusia, el primer país comunista. Los kulaks, campesinos independientes, querían continuar  siendo propietarios de sus tierras y vender lo que producían con su trabajo en un mercado libre. “Esto no es comunismo –dijo Stalin-. El proletariado, actuando como clase, debe ser propietario de todos los medios de producción, vuestras tierras incluidas. Aun así, el cambio os beneficiará; por supuesto ¡no dejamos a nadie fuera del paraíso de los trabajadores!”  Durante un tiempo dejaron a los kulaks con su trabajo independiente, pero al final, la “mayoría” decidió que debían “desaparecer como clase”. El exterminio comenzó a finales de 1929. Al cabo de cinco años, la mayoría de los kulaks, junto con millones de campesinos que también se opusieron a la colectivización de las tierras de cultivo, habían sido asesinados o deportados a regiones remotas como Siberia. Nunca se supo cuántos en realidad murieron en este proceso, pero según las estimaciones más precisas, se calcula que perdieron la vida unos veinte millones de personas. Ello sin incluir a los muchos millones más que murieron de hambre durante los años siguientes, después que la colectivización destrozara la agricultura rusa.

Ninguna mayoría, no importa lo grande que sea, tiene derecho a matar a los que no están de acuerdo con ella, no importa los pocos que sean. Este es un principio básico de la democracia. Si en verdad Lenin y Stalin hubieran contado con la mayoría, le decisión de colectivizar la agricultura, si se hubiera llevado a cabo de una forma más humana, pudiera haber llegado a ser considerada aceptable, a pesar de algunas injusticias para algunos ciudadanos. Pero la mayoría nunca fue mayoría en la Unión Soviética. La “mayoría” era en realidad una minoría muy pequeña, en ocasiones formada sólo por el propio Stalin.

En teoría, el comunismo debía convertirse en la dictadura del proletariado, que debía ser temporal y evolucionar inevitablemente hacia un no gobierno –hacia una especie de anarquía utópica- de todos y para todos. Pero en la práctica el comunismo siempre ha sido, en todos los países en los que ha existido (es decir, en todo país que se ha definido a sí mismo como comunista, o en donde pretenda implantarse, como actualmente ocurre en Venezuela) la tiranía  brutal de una pequeña minoría sobre la enorme mayoría de sus ciudadanos o súbditos. El pueblo jamás ha reinado en ningún Estado comunista. Además, en la realidad, nunca ha existido razón alguna para que un gobierno comunista deba abandonar jamás su posición de poder absoluto y tiranía, a menos que se produzca una revolución en su contra. En las tiranías comunistas del siglo XX, en principio, la revolución pareció siempre casi imposible, pues la minoría dirigente ejercía el control total, no sólo sobre la economía, sino también sobre la policía y el ejército. La gente no podría jamás levantarse y gobernar por sí mismos en esas circunstancias.

Pero el momento llegó y la gente lo logró, en Alemania Oriental, en Hungría, en Checoslovaquia, en Rumania. En China trataron de rebelarse y aunque el comunismo subsiste como partido, es evidente que se han revestido del capitalismo para potenciar su poder económico. Sucedió también en varias partes de la Unión Soviética cuando en 1989 empezó la lucha por la independencia. Y nada pudo detener esa reacción en todos esos países. La poderosa maquinaria del Estado, con todos sus policías y soldados, con toda su represión, con todos sus censores y terroríficas leyes, jueces e instituciones secuestradas, demostró tener los pies de barro.  Cuando el sol empezó a brillar en los ojos, en la mente y en el corazón de los oprimidos, la nieve que rodeaba a los tiranos los hizo aguas, y reveló que estaban desnudos y solos.

Venezuela debe verse en estos espejos. El comunismo no es una forma viable, porque la mayoría, que sí somos tal, sabemos de estas atrocidades del comunismo, de la pobreza con la cual su práctica ha cubierto a países cercanos como Cuba y porque en vez de la dictadura del proletariado, aquí  ya tenemos una dictadura de Estado, que sojuzga, reprime, masacra y niega todo bienestar individual y colectivo.

No se puede dejar de hacer una pregunta: ¿Existe algún legado positivo del comunismo? Tal vez sí.  Las tiranías comunistas no funcionaron económicamente y por ello tarde o temprano han caído. La colectivización de la agricultura, por ejemplo, simplemente no es una forma inteligente de organizar el cultivo de la tierra. Los fundos zamoranos en Venezuela es un claro ejemplo de su fracaso. Pero la idea de que los desposeídos del mundo por fin debían empezar a recibir una parte justa de los beneficios que generaba su trabajo es una idea justa. ¿Qué hicieron las democracias? Aceptar esta idea. Han aprendido esto de los comunistas. Asimismo, la idea de que los hombres y mujeres deben ser tratados igual, recibir y tener las mismas oportunidades económicas, en la que Lenin insistió mucho, también es justa. Y  también las democracias lo ha hecho su postulado, aunque lentamente.

Los gobiernos comunistas tuvieron su gran oportunidad, primordialmente en el siglo pasado. Llegaron al poder luego de que el pueblo siempre había estado sometido a un gobierno injusto, tiránico y corrupto. La excepción a esto se pudiera encontrar en la Europa Oriental, en donde los soviéticos impusieron el comunismo entre gente poco dispuesta a aceptarlo y que quería la democracia. Las mayoría de estos pueblos ansiaban ser libres. Y tomando estas esperanzas, el comunismo los engañó, los estafó, los defraudó con sus tiranos, que sí sabían lo que era la libertad e intencionalmente ocultaron este conocimiento a su gente. Pero los venezolanos hemos vivido en libertad. La saboreamos. Hemos sabido lo que significa. La hemos perdido y la quieren sustituir por ese comunismo tirano y ruin. Hemos aprendido, tal vez a trancas y mochas, que la libertad es mejor que la esclavitud del comunismo. Y eso es lo que precisamente está renaciendo en la reacción popular de estos meses de febrero y marzo.

La libertad, entonces, en los genes de los venezolanos, es como un río que baja crecido de la montaña e inunda las llanuras. Al final, este río indetenible va a cubrir nuestra geografía. Y esta pesadilla del comunismo, ese espectro con sus falsas promesas, con su etéreo ideal y su maltrecho accionar, habrá muerto. Porque, como señaló Miguel de Cervantes, “no hay en la tierra contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.”
 
 

miércoles, 27 de marzo de 2013

¿Cuál libertad de empresa?

Isaac Villamizar





La empresa es un actor de vital importancia para la sociedad. Una de sus funciones es contribuir sustancialmente a la economía de un país. La empresa ofrece bienes y servicios que hacen circular la moneda e incide en el producto interno bruto. Muchas empresas hoy día son también agentes de programas de responsabilidad social, que fomentan valores éticos y que la convierten, asimismo, en ciudadanos corporativos en áreas de la educación, la salud y el resguardo del ambiente.

Pero la empresa en Venezuela actualmente sufre una crisis que le obstaculiza estos fines. Hacer negocios empresariales en el país ahora es una odisea. Estamos en la cola de las naciones con competitividad. Igual ocurre en el puesto de los países con facilidad para hacer negocios. Somos el país líder en el mundo en cuanto a expropiaciones. Más de 1000 empresas han pasado a manos del Estado y ninguna se puede decir que sea de éxito. La carga fiscal a las empresas nos ubica también entre los países más costosos del mundo para ejercer la actividad económica. La empresa es atacada con control de precios, restricción de divisas para importar, alcabalas corruptas para movilización de cargas, devaluaciones continuas e imposibilidad de repatriar dividendos al extranjero para empresas trasnacionales. La inversión privada no tiene incentivo alguno en un entorno tan calamitoso.

Nuestra Constitución reconoce el derecho al libre desenvolvimiento de la personalidad. Una de las formas de expresión de nuestra personalidad es dedicarnos a la actividad económica que nos plazca. Pero este gobierno pseudo revolucionario coarta toda expresión de libertad. La Carta Magna también asegura que toda persona puede dedicarse libremente a la actividad económica de su preferencia y que el Estado debe promover la iniciativa privada, garantizando la creación y justa distribución de la riqueza. Pero resulta que la empresa, que puede generar empleo, seguridad social, y producir bienestar material, en vez de ser protegida, es objeto de embates, de arremetidas y de asfixia por parte de un gobierno, que no sabe de eficiencia ni de eficacia, mucho menos de producir felicidad.

Pero conjuntamente con la situación tan grave que atraviesan las empresas venezolanas, quienes somos víctimas de todos estos desaguisados que el gobierno infiere al sector productivo, los consumidores de bienes y servicios, es decir, todos los venezolanos sin distinción, sufrimos porque no conseguimos los alimentos, no tenemos la capacidad salarial para cubrir ni una canasta básica, y nos llevan camino al hambre con este desabastecimiento que nos carcome las entrañas. Es un gobierno perverso, que sólo le interesa llenarse de poder y de dinero mal habido por la corrupción.

Venezuela vive momentos de depresión económica. La Historia Universal demuestra, con evidencias indiscutibles, que los países más prósperos en el mundo son aquellos en los cuales se abre y se apoya la capacidad productiva de sus agentes económicos. Venezuela, abundante en diversas riquezas, presenta la mayor pobreza oficial de criterios para manejarlos. Quizás estamos aún bajo la sentencia bíblica de Mateo: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones minan y hurtan.”

El bien y el mal

Isaac Villamizar


El individuo se caracteriza por ser una unidad indivisible, una unidad vital, con vida biológica. Pero como persona, el ser humano además es una individualidad consciente que posee además un “yo”, el cual actúa como autor que se propone fines y normas. Entonces, el Ser también tiene vida simbólica.

La filosofía, dentro de los problemas fundamentales y la búsqueda afanosa de sus soluciones, que nunca son definitivas, nos ubica en el campo de los fines y de los valores. Este problema teleológico nos conduce a la ética, que busca la finalidad de la vida humana y estudia las normas a las cuales debemos ajustar nuestra conducta para lograr esos fines. Dentro de las perspectivas que tiene el vivir de los humanos, existen las exigencias y compromisos que implica el reconocimiento de la humanidad de nuestros semejantes, para que ellos, en la debida reciprocidad simbólica, confirmen a la vez la nuestra. La ética nos impone normas para regir nuestra conducta, distinguiendo el bien y el mal, a través de la filosofía práctica. Pero la ética no sólo nos fija normas y señala fines conductuales, sino también investiga los valores éticos, aspirando dar una teoría de ellos, estableciendo su orden jerárquico en una tabla de valores de validez universal. Entre ellos están el bien y el mal. Tempranamente el espíritu humano se pregunta qué es lo bueno y qué es lo malo, porque tiene que decidir su acción. Se inicia la valoración, es decir, se estima, se aprecia y se formulan juicios de las cosas que, de acuerdo a su finalidad, se pueden hacer bien, regular o mal.

A diario observamos a nuestro alrededor hechos de violencia, agresividad, muerte y destrucción. Es difícil creer que no exista la maldad absoluta. Ello nos lleva a preguntarnos sobre el bien. Pareciera que lo bueno para uno pudiera ser malo para otro. ¿Será el bien algo relativo a las circunstancias o el bien también es absoluto? Platón decía que el bien es la idea suprema y el mal es la ignorancia. San Agustín cuestionaba la existencia del mal y luego concluía que el mal no tiene Ser, que es ausencia del bien. Aristóteles consideraba una acción buena como aquella que conduce al logro del bien del hombre o a su fin, y la que se opusiera a ello era mala. Santo Tomás de Aquino aseguraba que el mal no fue creado, ni tampoco es querido por el hombre, porque el objeto de la voluntad humana necesariamente es el bien. Krishnamurti afirmaba que uno puede sentir en el fondo de sí mismo que la bondad absoluta existe, o sea el orden verdadero, libre de prejuicios. Estaba convencido que la sociedad es el desorden organizado, y que la negación de la continuidad de la violencia y del rencor es el bien.

Una concepción más autónoma, menos autoritaria y normativa, estipula que la moral debe ser independiente y darse a sí misma sus leyes. Una acción volitiva sólo es moral cuando emana de una libertad interior. Nuestra obligación moral estaría en el plano de la comprensión y reconocimiento propio de los valores ideales, y así resolvemos ordenar la vida de acuerdo a ellos. Entonces, el que actúa tiene que decidir lo más oportuno en cada acción concreta, en palabras de Fernando Savater, según la proairesis del sujeto, el toque personal con que afronta el preciso, frágil, singular e irrepetible instante de su existencia. El bien y el mal, perennes fantasmas teológicos y axiológicos, exigen aprender a valorar, porque - es criterio dominante -, que ambos no sirven para nada a la razón y al corazón si se los utiliza en términos absolutos. Sólo tienen sentido cuando funcionan en relación a algo, es decir, bueno para algo o malo para algo. Bueno o malo, en fin, son términos referidos a lo consciente, es decir, al libre albedrío, que es la forma más profunda de la libertad por la cual antropológicamente nos definimos.

¿Natural o artificial?

Isaac Villamizar


Somos frágiles. La Tierra se tambalea. Estamos hasta ahora siendo conscientes de nuestra soledad solar y de la magnitud de nuestras acciones humanas en lo que se denomina naturaleza. Durante ciento de años el hombre ha tratado al planeta, a los océanos y a la atmósfera como si fueran indestructibles. Hemos aprendido, en esta era fecunda del conocimiento, que no es así. Incluso, si no estamos condenados a aniquilar esta nave que es nuestro hogar, desde luego estamos cambiándola, y no siempre para bien.

Las actitudes ecologistas se preocupan por las amenazas contra lo natural. Se pone en peligro la naturaleza por medio de abusos de la tecnología, de la polución industrial, sobreexplotación de los recursos, extinción de especies vivientes y manipulaciones genéticas, entre otras. ¿Debemos abandonar estas acciones y volver a la esencia natural humana? ¿O el progreso científico nadie debe detenerlo, así sea en detrimento de lo natural? Habría que empezar a clarificar lo que se entiende por natural y naturaleza. Es natural que algo se caiga al piso por la Ley de Gravitación. Es natural que las madres amen a sus hijos. Es natural que al mediodía se tengan ganas de almorzar. Es natural que a una agresión se responda con otra. Las cosas tienen su propia naturaleza, es decir su propia forma de ser. Los objetos tienen sus propiedades que actúan sobre otras cosas, incluso en nuestros sentidos. La naturaleza de algo es su forma de ser, de llegar a ser y de influir en el conjunto de lo existente. Ello comprende todo ser animado o inanimado, racional o irracional. Pero es que las cosas hechas por el ser humano ya tienen su naturaleza, lo mismo que un bosque o el aire. Lo elaborado y aplicado por el hombre responde a propiedades químicas y físicas. Si eso es así, lo construido no podría ir contra la naturaleza, destruirla y perjudicarla. Pero no siempre es así, porque un pesticida, un arma química o una manipulación genética, siendo naturales porque existen o suceden en la realidad, violan la naturaleza por no ser utilizado con pautas adecuadas. ¡Qué paradoja! ¿Y qué decir de las variedades de flores exóticas logradas a través de injertos o la repoblación forestal?

¿Será el ser humano natural, artificial o una simbiosis de ambos? Parece que el hombre llega por lo innato, lo biológicamente determinado, por lo que no se elige, y la cultura y el aprendizaje le va agregando capas superpuestas dadas por la educación, la sociabilidad, lo artificial y la tecnología. Todo es natural y todo es fabricado en el ser humano. Tal como afirma Fernando Savater, lo más natural del ser humano es no serlo nunca del todo. En la Revolución Industrial el hombre se convirtió en máquina. Su producción era utilitaria y a la medida. Hoy la medicina ha convertido al enfermo en una máquina. Además de un organismo vivo, la rodilla es una bisagra con clavos; el tendón del hombro es fijado con anclajes; la cadera se reconstruye con metal, polietileno o cerámica. Ello nos lleva entonces al bien y al mal de las manifestaciones artificiales del ser humano. La genética sería muy buena para el estudio de las enfermedades, pero su incursión ilegal en el genoma humano, sería éticamente controvertible. Las máquinas inteligentes podrían reclamarnos algún día derechos para su subsistencia, encendido y mejoramiento. Lo artificial es algo mejor que lo natural y su utilidad nos protege de la naturaleza. También nos potencia porque con ello vivimos mejor, nos movemos más rápido, salimos de la ignorancia y no sólo comemos de la caza y de la pesca. Entonces, ¿quién nos manda? ¿Lo natural o lo artificial?

Sentido de la vida

Isaac Villamizar


¿Por qué estoy aquí? ¿Qué busco hacer en esta vida? ¿Tiene sentido lo que estoy haciendo? Son las preguntas existenciales que con frecuencia nos hacemos. Habría que comenzar por saber qué connotación tiene el término sentido. El sentido de una palabra aduce a lo que quiere decir; el sentido de una señal es lo que quiere indicar o advertir; el sentido de un objeto está referido a su funcionalidad; el sentido de una obra de arte es lo que el autor quiso expresar con ella; el sentido de una conducta o de una institución es lo quiere conseguirse a través de ella. Se trata de determinar la intención que anima a algo. La intención está vinculada con la vida, a conservarla, reproducirla, diversificarla.

¿Qué quiere la vida? Muchas respuestas pueden aparecer. El sentido de la vida de una persona concreta es difícil de identificar conceptualmente, porque es difícil de aislar. Está determinado por cada pensamiento, cada emoción, cada acción, cada respuesta, cada elección, cada valor, en fin, por el total de su personalidad. Sin embargo, generalmente, para encontrar el sentido de la vida buscamos otra cosa, algo que no sea la vida ni que esté vivo, algo más allá de la vida. Filosóficamente se dice que la vida no tiene en realidad sentido, porque los demás sentidos remiten mediata o inmediatamente a ella. No nos queda sino concluir que al preguntarnos por el sentido de la vida, lo que queremos saber es si nuestros esfuerzos morales serán recompensados, si vale la pena trabajar honradamente y respetar al prójimo, si nos espera algo más allá y fuera de la vida o sólo la lápida.

Reflexionar sobre el sentido de la vida nos lleva a la gracia mayor: la de haber nacido y estar vivos. Cuando el ser humano constata que está aquí y ahora, hay una exaltación. Ello nos produce alegría y nos encamina a la felicidad. Celebramos la vida misma porque ya tuvimos la suerte universal de conocer mundo. ¿A quién le quedará ese sentido? ¿A nosotros o a quienes nos sucedan? Preguntas que siguen dándonos qué pensar.

Muchas personas viven atrapadas en un mundo que ya no les ofrece motivación. No son felices. Mucha gente así lo cree y así lo vive. Buscan en su pasado y piensan que antes todo era mejor. Creemos erróneamente que aquellas circunstancias de tiempo atrás fueron las determinantes de su felicidad y que recuperándolas volverá la dicha a su vida. En verdad esto es un gran error. En mi caso particular pienso que encontrarme bien en un nivel emocional, tener una mente sana, entrenarme para ver la vida positivamente y disfrutar de cada posibilidad que nos ofrece nuestra vida actual, me ofrecen respuestas sobradas del por qué vivir. No hay que buscar mucho. Podemos ser felices prácticamente en cualquier circunstancia y edad. Nuestro presente es suficiente para disfrutar plenamente de la existencia. Nuestro futuro podría ser mejor si aprendemos a pensar bien, para sentirnos bien, si dejamos de quejarnos y resolvemos, decididamente, a valorar favorablemente lo que ya poseemos. ¡Qué poco es necesario para ser felices! La fuente de la felicidad, el bienestar emocional, no se halla en logros externos. Se halla en nosotros mismos, en nuestra mente, y lo más fabuloso es que podemos acceder a ella cada vez que queramos. Tenemos la capacidad humana para apreciar la belleza de cualquier cosa y de cualquier lugar. Para sentirnos bien, entonces, sólo basta fijarnos en lo que poseemos y no en lo que nos falta. Así podemos responder las preguntas del sentido de la vida.